• 12 de mayo de 2017
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Muere nuestra gran amiga Elba

Quiero com­par­tir­les que en estas últi­mas sema­nas, hay en mí un deseo pro­fundo de mirar a Cristo, de con­tem­plarlo, pues sólo mirando la vida de Cristo puedo acoger los acon­te­ci­mien­tos donde él se me hace pre­sente, donde no temo, donde él me llama a ser­virlo.

Por lo tanto no puedo empe­zar esta carta sin hablar de nues­tra gran amiga Elba, a quien visi­tá­ba­mos en el hogar de ancia­nas cada semana. Tienen que saber que en el mes de febrero su salud empeoró, per­diendo poco a poco la capa­ci­dad para desen­vol­verse sola, esto le oca­sionó muchos males­ta­res hasta el punto de tener tras­tor­nos psi­quiá­tri­cos. Dada su situa­ción fue inter­nada en una clí­nica asig­nada por su seguro social, en un dis­trito lejano al nues­tro. Cuando la visité ella dormía, en ese momento mi preo­cu­pa­ción era encon­trar al médico y que me dijera por cuánto tiempo esta­ría en esa clí­nica, si sería deri­vada a un geriá­trico, o qué debía­mos espe­rar de esta inter­na­ción, sin ser muy cons­ciente de la gra­ve­dad de su enfer­me­dad.
A los pocos días volví a la clí­nica, Elba seguía sedada, al verla tan frágil no podía hacer otra cosa que per­ma­ne­cer a su lado, rezando, pidiendo por su alma, inten­tando trans­mi­tirle amor y aca­ri­cián­dole su cabe­llera, ella nunca nos per­mi­tía acer­car­nos mucho, ni tener muchos gestos afec­tuo­sos, así que ese momento a su lado, fue único. Por momen­tos reac­cio­naba, abría los ojos, y luego se volvía a dormir. En este tiempo lo que más me marcó fue verla des­po­jada de todo, de sus cosas, de sus cos­tum­bres, de sus ideas, de sí misma, deján­dose hacer, aban­do­nada a la volun­tad del Padre, entre­gada a Él en el sufri­miento.
Elba per­ma­ne­ció 10 días inter­nada en la clí­nica, el 24 de febrero fuimos a verla con la Her­mana Fran­cisca y ya no estaba en su habi­ta­ción, Elba había falle­cido ese mismo día a las 5:00am, los médi­cos nos per­mi­tie­ron ver su cuerpo para des­pe­dir­nos, hasta ese momento nadie había venido a verla más que noso­tras, sus amigas, era así como nos anun­ciá­ba­mos cada vez. Dios se la llevó a su lado, en comu­ni­dad la recor­da­mos con tanto cariño y damos gra­cias a Dios por su amis­tad, siem­pre nos lla­maba por telé­fono y dejaba men­sa­jes de voz pidiendo un favor o sim­ple­mente era su forma de decir­nos ¡aquí estoy! ¡no se olvi­den de mí!

Hay tanto para decir de ella, pero lo que a ella le gus­taba decir­nos era “Us­te­des son Ser­vi­do­ras de la Pre­sen­cia de Dios, están para servir a los que más nece­si­tan”, recor­dán­dose y recor­dán­do­nos el nombre de nues­tra comu­ni­dad, ella enten­dió muy bien nues­tra misión, y el sen­tido de nues­tra pre­sen­cia en el hogar,
¡Les pido que rece­mos por su alma!

Karen


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