• 12 de junio de 2012
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La oración de los pequeñitos: Aparecida y Daniel, Brasil

Aparecida y hna. Josette, Brasil 2011

De Hna Josette, Fazenda do Natal, mayo 2012:

«Deseo com­par­tir­les un momento que nos fue dado de vivir con Apa­re­cida y Daniel en la igle­sia, durante el rezo del rosa­rio. Ese día Apa­re­cida estaba muy inquieta, suce­dién­dose crisis tras crisis todo el día. En cuanto a Daniel, con sus ocho años es más bien de carác­ter alegre. Sin embargo los últi­mos meses adqui­rió la fama de ser “el niño más terri­ble” de la Fazenda entera, por su dureza.

Recien­te­mente empezó a nacer una amis­tad entre Daniel y Apa­re­cida. Y he aquí que durante el rosa­rio, Daniel empieza a rezar su dena­rio, se levanta y se sienta al lado de Apa­re­cida, pidién­dole muy sim­ple­mente: “Cida, ¿qui­sie­ras rezar con­migo este dena­rio?” Apa­re­cida lo mira con una gran inten­si­dad y una gran son­risa, y empieza a rezar con él todo el dena­rio.

Yo estaba muy con­mo­vida de ver como Daniel se había acer­cado a Apa­re­cida, físi­ca­mente e inte­rior­mente, bus­cando una comu­nión pro­funda y pro­po­niendo su amis­tad, sin miedo de reci­bir un golpe como res­puesta. Apa­re­cida, en cuanto a ella, le abrió sim­ple­mente la puerta de su cora­zón.

Ambos pusie­ron todo su cora­zón en esta ora­ción “de los pobres y de los peque­ñi­tos”. Me sentía yo pequeña, tan pequeña ante el Mis­te­rio de esta comu­nión que ocu­rría ante mis ojos: comu­nión entre ellos, y comu­nión con Dios. Men­di­gaba humil­de­mente la gracia de “par­ti­ci­par”un poco de lo que ocu­rría, y daba pro­fun­da­mente gra­cias a Dios por ser tes­tigo de Su pre­sen­cia en el cora­zón de los más pobres y de los más peque­ños, este cora­zón que es el lugar donde le gusta reve­larse. Pensé mucho en el padre Thomas Phi­lippe (fun­da­dor de la comu­ni­dad del Arca con Jean Vanier) y en la con­cien­cia de amor, ese tesoro de los peque­ñi­tos que les per­mite tocar el Mis­te­rio en su subs­tan­cia, en lo que ES.

Le gus­taba al padre Thomas contar que cada vez que en el Arca pro­nun­ciaba el nombre de Jesús, notaba que las per­so­nas dis­ca­pa­ci­ta­das tenían una pro­funda ale­gría, porque para ellos el nombre de la per­sona, es la mis­mí­sima per­sona. Apa­re­cida no logra pro­nun­ciar las pala­bras del “Dios te salve”, las atro­pe­lla. Sin embargo hay una pala­bra que pro­nun­cia per­fec­ta­mente y con todo su cora­zón, ¡es el nombre de Jesús!»


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