• 12 avril 2012
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Jailson un niño de la Fazenda do Natal, Brasil

Jailson et Béatrice, février 2012, Brésil

Desde hace unos meses Jailson, un niño del barrio del Punto Corazón de Simoes Filho (Brasil), va a la Fazenda para pasar el fin de semana con las her­ma­nas y los misio­ne­ros, una vez cada quince días. Hna. Josette nos com­parte :

Ya vivió en la Fazenda de niño, tras una gran prueba, cuando desde los brazos de su madre asis­tió a la muerte de su padre fusi­lado en el barrio por una banda, por his­to­rias de ven­ganza. Después de ese año vivido en la Fazenda con su madre, volvió a su barrio, guar­dando un gran cariño por la Fazenda. Hoy viven cerca del Punto Corazón y su fami­lia creció : la mamá de 35 años (enferma y postrada en su cama, Jailson la ayuda mucho), el padras­tro y sus dos her­ma­ni­tas de 3 y 2 años, muy lindas.

Cada vez que les visito, Roberta (la her­ma­nita de 3 años) se pega a mí, dicién­dome : “Tía, yo tam­bién pre­paro mi bolsa y voy contigo…”. Su casa es minús­cula y muy pobre, Jailson lleva muchas res­pon­sa­bi­li­da­des para sus 11 años. Es un niño que sufre mucho, y a la vez me toca mucho ver su ale­gría de pasar unos días en nues­tra casa.

Durante las vaca­cio­nes, quedó una semana con noso­tros : fue un maes­tro para mí en el mara­villa­miento. Él, que carga tantos sufri­mien­tos, estaba feliz por cada pro­po­si­ción que le hacía­mos : estu­dios, juegos, baños en el lago, momen­tos de ora­ción, ofi­cios de la casa, aco­giendo TODO con una gran ale­gría y sim­pli­ci­dad, apro­ve­chando ple­na­mente cada ins­tante.

Mirando su ale­gría a pesar de todo lo que carga de dolo­roso, pienso a esta frase de P. Thierry : “¡Son nues­tros hijos ! ¡Los más bellos ! Entonces he apren­dido a no apia­darme de su suerte con : “¡Ay, mis pobres niños !”. He apren­dido a mirar­los como Dios los mira. He apren­dido a des­cu­brir su liber­tad y el Reino a través de ellos. Su tris­teza y su desam­paro son un lla­mado cons­tante a nues­tra ter­nura. Nos abren las puer­tas de la vida ver­da­dera : las de nues­tro corazón. Nos desar­man y nos hacen el don de lo esen­cial.”

Hna Josette

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