• 17 de julio de 2012
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El Salvador: Encuentro inesperado en una tienda de pintura

San Pedro Perulapán, Junio 2012

Era un día de semana muy normal. Está­ba­mos en una empresa de pin­tura mirando los pre­cios, dado que tenía­mos el pro­yecto de pintar de nuevo el salón donde nos reu­ni­mos con el grupo de jóve­nes cada sábado. Que­ría­mos pre­sen­tar un pre­su­puesto a nues­tra parro­quia quien iba a finan­ciar la compra de la pin­tura. Estaba expli­cando esto al ven­de­dor cuando una mujer se acercó y empezó a hacerme pre­gun­tas y a acon­se­jarme. Al final me pre­guntó ¡si sería un pro­blema para el padre si ella nos rega­laba la pin­tura! Ella hablaba de manera muy normal sin orgu­llo, o mejor dicho, sin buscar ningún agra­de­ci­miento.

Lo que más me tocó fue ver cómo esta per­sona, que no cono­cía, sola­mente quería hacer un don, nada más (sin recibo fiscal, ni inter­cam­bio de núme­ros de telé­fo­nos…): algo muy sen­ci­llo y natu­ral para ella. ¡Qué increí­ble para mí ver cómo la Pro­vi­den­cia nos regala encuen­tros así!

Al final, sali­mos de la tienda con la pin­tura pero tam­bién con todo el mate­rial que nece­si­tá­ba­mos para pintar (pin­ce­les, rodi­llos…): ¡fue ver­da­de­ra­mente extra­ordi­na­rio para mí!

El mismo día, está­ba­mos espe­rando en un semá­foro, cuando vino un niño ven­de­dor de chi­cles. Él me pre­guntó si que­ría­mos com­prar y dije que no. Pero este niño de la misma forma que la mujer que nos regaló la pin­tura, con sen­ci­llez me con­testó: “¡No importa, se los regalo!”; y puso sobre la ven­tana del auto dos paque­tes de chi­cles para noso­tras. Ya el semá­foro había cam­biado y tenía­mos que irnos. ¡Qué lec­ción de vida, de sen­ci­llez y de gene­ro­si­dad!

Al final de este día, de estos dos encuen­tros, creo que puedo decir:

Pri­mero: cui­dado con pensar que nues­tros días son ordi­na­rios, ¡ellos pueden gene­rar acon­te­ci­mien­tos extra­ordi­na­rios!

Segundo: la Pro­vi­den­cia nos sor­prende siem­pre y sobre­pasa nues­tros pedi­dos peque­ños y gran­des.

Ter­cero: aprendí mucho del pueblo sal­va­do­reño, de su gran­deza de cora­zón, ¡a empe­zar por el más pequeño de nues­tros bien­h­e­cho­res!

Hna. Paola

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