• 23 de agosto de 2012
es fr

Brasil: Daniel, cantando su poesía

Fazenda do Natal, Brasil 2012

De la carta de agosto de 2012 de Hna. María Adela en misión en la Fazenda do Natal - Brasil:

Muy lindos los niños... pero ¡qué difí­ci­les algu­nos...! ¡Ay, ay, ay! Daniel y Teté... ¡¡Qué terri­bles estos dos!!! Me pare­cían casi impo­si­bles. No para­ban un ins­tante de moverse, de correr, de gritar, se por­ta­ban mal casi todos los días, etc., etc... y eso que los dos están medi­ca­dos por ser hiperac­ti­vos (muy agi­ta­dos).

El primer día de la escuela, Daniel me vio de lejos y vino corriendo hacia mí gri­tando a toda voz: “¡mi pro­fe­sora, mi pro­fe­sora!”. Dio un salto y se colgó de mí como un mono. Estu­dia­mos una hora, con inter­va­los en el medio, por tener que aga­rrar a Daniel y hacer que se siente en el banco en lugar de que esté acos­tado en el piso, espe­rar 10 segun­dos para que vuelva de dar un pique corriendo, etc. Así fue el primer día. Pero des­cu­brí que Daniel era un niño muy inte­li­gente, podía estar jugando y haciendo mucho ruido y a la vez escu­chando, pres­tando aten­ción y guar­dando en su memo­ria.
Un par de veces acon­te­ció que durante la clase de por­tu­gués, le tocó leer una poesía, enton­ces se la hacía leer varias veces (porque le cuesta bas­tante la lec­tura), y luego, él solito, en lugar de leer nor­mal­mente, inven­taba una melo­día y la leía can­tando... Se iba de la clase can­tando la can­ción que había inven­tado y bai­lando.
Los días pasa­ron, pero no tuvie­ron que pasar muchos días para que Daniel con­quis­tara mi cora­zón... y tam­bién hiciera crecer mi pacien­cia.

No sé si esta Fazenda podría exis­tir sin la ora­ción, sin la misa de cada día, sin el cons­tante pedido de fuer­zas, sin el deseo de querer ser luz y ale­gría para los que viven con noso­tros, y sin un grito como: “¡¡No quiero un cora­zón de piedra!!”. Dios quiera que nunca per­da­mos el deseo de llevar un cora­zón com­pa­sivo, lleno de ter­nura, que mien­tras cami­na­mos, nos per­mita dete­ner­nos ante el “otro” para dar al menos una son­risa, aunque este­mos con prisa y ten­ga­mos mil preo­cu­pa­cio­nes en nues­tra cabeza, la que muchas veces va incli­nada mirando el ombligo.


Volver